Emprendedores con Dios en el Centro nace de una realidad observada en muchos emprendedores cristianos: la fractura entre lo que creen y cómo viven y deciden en su día a día. La fe en un lado, el negocio en otro. Las decisiones tomadas desde la presión o el miedo. La paz, el sentido y la dirección, perdidos. También nace de la soledad del emprendedor, más aún cuando añades el componente de la fe.
Con el convencimiento de que Dios no es un añadido a la vida empresarial sino su centro, surge la idea de crear un espacio concreto donde emprendedores pudieran compartir su vida real —sus decisiones, sus dudas, sus fracasos y sus logros— y mirarla juntos desde Dios.
El proyecto nació con una primera mesa piloto: un grupo pequeño, un espacio de confianza, y la apuesta por la profundidad frente al volumen. Desde ahí crece de forma orgánica, no por estrategia, sino por vidas transformadas.
EDC no pertenece a ninguna congregación, movimiento ni estructura eclesial. Es una comunidad civil sin ánimo de lucro, de emprendedores para emprendedores, que comparten una convicción: que vivir, decidir y construir desde Dios lo cambia todo.
Acompañar a emprendedores a poner a Dios en el centro de sus proyectos y de sus vidas, formando una comunidad que crece en verdad, en profundidad y en servicio.
Una red viva de emprendedores que transforma la economía desde dentro. Empresas, organizaciones y negocios más humanos, más justos y más generosos, construidos por personas que han descubierto que vivir con Dios en el centro lo ordena todo: la vida, las decisiones y el negocio.
No buscamos crecer por crecer ni volumen sin alma. Buscamos profundidad que se expande de forma natural.
Queremos que quien llegue sepa bien dónde está entrando. EDC no es:
EDC es un espacio donde ponemos nuestra vida y nuestro trabajo delante de Dios, en comunidad, con verdad y sin máscaras.
Hay momentos en los que, aun sabiendo hacer y avanzando, falta la paz. Esa paz que se pierde cuando separas tu fe de tus decisiones, tu vida de tu negocio.
Este proyecto nace para reconciliar lo que nunca debió separarse: volver al origen, volver al principio, volver al centro, volver a Dios.
Somos emprendedores que eligen vivir, decidir y construir desde Él. Venimos sin máscaras, con autenticidad, compartiendo desde la experiencia y escuchando sin juicio, acogiendo al otro tal como es.
La confidencialidad es sagrada: lo que se comparte aquí, se queda aquí. La oración sostiene nuestro camino. Paramos, discernimos y buscamos la luz antes de actuar.
Servimos con nuestros dones, reconociendo límites y aprendizajes. El grupo acompaña, pero cada decisión es personal y delante de Dios. Caminamos juntos, guiados por Jesús, creciendo en fe, verdad y amor.
Somos emprendedores con Dios en el centro. Y desde ese centro, todo se ordena, todo se ilumina, todo cobra sentido.
Diez principios que definen cómo vivimos, cómo nos escuchamos y cómo caminamos juntos.
No es un tema ni un añadido. Es el eje desde el que vivimos, decidimos y construimos.
No hay separación entre vida personal, profesional y espiritual. Buscamos coherencia en todo.
Es relación, escucha y discernimiento. Aquí se ordena la vida y nace la paz.
No venimos a aparentar ni a impresionar. Nos mostramos como estamos, con autenticidad.
No damos consejos desde fuera. Hablamos desde lo vivido, con humildad y amor.
No interrumpimos ni corregimos. Nadie está por encima de nadie. Escuchamos para comprender.
Lo que se comparte aquí, se queda aquí. La confidencialidad es condición para la verdad.
No reaccionamos desde la prisa. Paramos, oramos y buscamos entender antes de decidir.
Dejamos el ego a un lado. Servimos con nuestros dones; cada uno es responsable de su camino. El grupo acompaña.
Le reconocemos como el camino, la verdad y la vida. Un camino compartido, guiado por Él, de la mano de María y San José.
No hay cuotas. Hay un modelo bíblico de comunidad donde todos dan y todos reciben.
EDC se sostiene sobre un principio que viene de la Escritura: todo lo que tenemos —tiempo, talento, dinero, experiencia, oración— es don de Dios. Y los dones no son para guardarse, sino para ponerlos al servicio del bien común. A eso lo llamamos corresponsabilidad.
Nadie es solo receptor; todos administramos lo recibido.«A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común.» (1 Cor 12, 7)
Económica, profesional, espiritual, relacional, organizativa o de servicio: todo cuenta.«Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo.» (1 Cor 12, 4)
Aportar desde lo que se tiene, no desde lo que no. Pedimos verdad, disponibilidad y corresponsabilidad.«Si hay buena voluntad, es aceptable según lo que uno tiene.» (2 Cor 8, 12)
La entrega nace del discernimiento, no de la presión.«Cada uno dé según lo que decidió en su corazón, no con tristeza ni por obligación.» (2 Cor 9, 7)
Sin doblez ni apariencia. Lo importante es vivir en verdad.(Hch 5, 1-11)
Que nadie quede solo en la necesidad.«No había entre ellos ningún necesitado.» (Hch 4, 34)
Los papeles rotan: la gracia circula. Nadie es donante ni receptor permanente.(2 Cor 8, 14)
No es para consumidores espirituales. Cada aportación confirma la pertenencia.(2 Tes 3, 10-12)
No es cuota: es ofrenda a Dios a través de la comunidad.«Mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades.» (Flp 4, 19)
EDC funciona con un equipo de servicio. No lideramos desde arriba: servimos el proceso.
Custodia el propósito, mantiene la visión y protege la esencia: Dios en el centro.
Sostienen las mesas, cuidan el espacio y aseguran verdad, escucha y profundidad.
Metodología · Oración · Comunicación · Formación · Operaciones.
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